
En un mundo donde las leyes impuestas y estudiadas durante siglos, regían a todos los gremios de aquel mundo, ahí inicia mi historia. Era una época de guerras, de conflictos sociales, injusticias, de apetito voraz y alentado hacia el poder, hacia el domino y el afán a la acumulación del patrimonio a costa de aquellos que se dejan manipular, o simplemente se encuentran expuestos por la notable división de linajes sociales; o será aquel recelo indigente a la exclusión, al estima colectivo o muy drásticamente a la muerte, por encontrarse en desacuerdo con los preceptos universales que ahora nos rigen.
Véase aquella mi orbe, y yo soy aquél que habitaba en ella. Tenía apenas 18 años cuando fui aceptado paraninfo, liceo que da la formación a todos aquellos, los elegidos para el aprendizaje de las legislaciones antes expuestas. En ese momento yo decidí viajar en busca de mis metas y al día siguiente me trasladaría a mi nueva escuela. El anhelo consumió mis sueños esa noche y mi corazón latía vigorosamente, la incertidumbre entró a mi cuerpo y el miedo, que entonces sentía, me quitó el aliento. Yo estaba sordo y mis ojos, esos ojos que son los espejos del alma, se encontraban ciegos; y digo carentes de vista, porque nunca imaginé lo que verían aquellos pobres, en esos libros y esas doctrinas que aprendí nulamente, ya que sólo pasé algunos meses en aquel gran castillo de sabiduría aparente, pero que me llevaron a darme cuenta de aquella cruel realidad infame, sucia y asquerosa que nos gobierna, hecha a base de los vicios de algunos hombres. Yo sin tener alusión de aquello me fui a dormir y me recosté en mi cama.
Se hizo el sol y los relámpagos de luz entraron por mi ventana, éstos alumbraban todo en su interior, con sus destellos dorados, blancos y plateados, encandilando mi cuerpo. Me puse a observar mi habitación como nunca lo había hecho, detalle a detalle, objeto por objeto, no sé qué fue lo que sentí aquel día, tal vez el pánico de que me iba a hallar lejos de mis seres queridos. Entonces la voz de la señora de la casa, que estaba acostumbrada a verme todos los días, me dijo: “¿ya estás listo?”. Respondí: “sí”, porque yo ya me encontraba listo, pues en toda la noche no logré cerrar un solo ojo. Estando a punto de abordar mi transporte, recuerdo muy bien las palabras de aquella mujer que me trajo al mundo y a la que todos llamamos madre. Esa dama cariñosa, sobre protectora, dadora, pilar de enseñanza desde el momento que nacemos e ingenua por cumplir todos nuestros caprichos, al momento de ver rodar una lágrima o señales de aflicción en nuestro rostro. Esa mi vieja, me manifestó con tan sólo unas cuantas palabras, una enciclopedia de afectos, ella dijo: ¡cuídate mucho y siempre serás mi orgullo! Con la tristeza en su cara y la sonrisa fingida, logré saber que le dolía mucho separarse de mí, y que sus palabras eran cortas, pues no podía expresar más por el nudo en la garganta que a veces sentimos y oprime nuestras voces interiores. Por ello sólo me miró y me dio un beso en mi mejilla, al mismo tiempo que me apretaba tan fuerte, que creo yo, que no quería soltarme, pero me tuve que zafar de sus brazos y sólo miré su cara por el espejo del carro, mientras que éste avanzaba, hasta perder su visibilidad.
Estando ya en aquel lugar, me puse a observar a todos los nuevos egresados. La superficialidad reinaba, la sabiduría estaba en boca de todos, pues creían que con el simple hecho de estar ahí, ya eran los mejores. Y tal vez tenían la razón, pero yo no lo creo, y sigo con mi misma postura, ya que desde el primer momento que estamos en ese lugar, nos damos cuenta que algunos pedagogos, directivos o empleados se encuentran vinculados a varios de nosotros o mantienen lazos de amistad con ciertos familiares. Por aquellos motivos ya se encontraban algunos de estos dentro de la institución, aun cuando todavía la selección no comenzaba.
Dicen muchos que el dinero y el poder lo compran todo, pero no estoy de acuerdo con ello, porque los pensamientos individuales y las acciones de todos aquellos que logran expresarse por cualquier medio y mostrar su inconformidad con el entorno sobre la injusticia, la maldad y la fracasada mezquindad de muchos seres humanos, con el propósito de lograr un cambio y buscar un mundo mejor, a todos esos los llamo valientes, héroes. Porque no es tan fácil ponerse en los zapatos de alguien más, ya que muchos de nosotros somos egoístas, avaros y egocéntricos. ¡Qué perversos son ciertos hombres, pero más aun todos aquellos que contribuimos con la empatía de sus ideales! Tantas de estas cosas evidencié por algunos meses y escuché hablar a muchos longevos sobre tantos casos de inmoralidad en el gobierno y sus funcionarios, pero a pesar de todo, tengo la esperanza de que todos esos que se encuentran regidos por sus principios y ética nos ayuden y los ayudemos a mejorar todo nuestro entorno. Por ello digo no siempre se aprende en la escuela, por que lo que aprendí no venía en libros, sino lo descubrí por medio de mi vista y los ojos de la injusticia.
Así, como dije antes, percibí por medio de mis pupilas como la miseria carcomía cada vez más a mi gente, se filtraba entre ellos y los devoraba tal como llamas a las hierbas secas, avanzaba entre la penumbra y el día. Pues no siente vergüenza alguna de ser observada, individuos de todas las edades eran presas de sus garras, aniquilados lentamente y con tal sufrimiento pasaban desapercibidos, porque el mundo seguía girando y la mayoría de las vidas cotidianas no se detenían a sentir compasión alguna por la muerte de los desdichados. Por otro lado los acaudalados vivían lujurias con sus riquezas y extinguían la integridad humana, así como muchos contribuimos a nutrir el trivial estilo de vida. Sabiendo todo aquello y con la desilusión en las entrañas de mi cuerpo, pregunté: “si muchos somos los que sabemos aquello, ¿por qué no hacemos algo?” Y alguien de aquellos cultos me respondió: “porque la mayoría se ha acostumbrado al carácter de vida sadomasoquista, aquel que ya se encuentra formado, creado y es aplicado a todos nosotros. La impunidad es nuestro vecino más cercano y nuestra hermana la cobardía, pues nadie se atreve a unirse en conjunto con la esperanza, la dignidad y el bienestar social, mas sin embargo vivimos día con día con la libertad aparente”.
Por ello digo que este texto que he escrito con puño y letra de mis ideales, y que para algunos de aquellos será digno de mofa y para algunos otros la incredulidad pasará por su mente de lo que hoy escribo a mi corta edad. No tiene otro sentido que dar conciencia a la humanidad de las faltas cometidas y tapadas con los dedos del óbito y que sea impulso para que todos aquellos que piensen como yo hagan llegar sus ideales más allá de sus fronteras, así sucesivamente hasta que todos nosotros estemos informados y eliminemos las ataduras que hoy nos dominan.
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